viernes, 16 de octubre de 2015

La Gaviota

Soy bastante cagón. Varias veces pensé en suicidarme pero no me dan las agallas. Siempre encuentro un pero para el peso. Era para otra frase. Hubo varios períodos de mi vida que siempre le encontraba el fin a solucionar toda esta desesperanza que me ataca y de algún modo, mis medicaciones todavía me sostienen.
En la adolescencia, cuando ya me decían y no me daba cuenta del puto que fui descubriendo, escribí una nota ficcionalizada sobre mi muerte. Lo escribí con la voz de una chica en una máquina de escribir. Le puse Natalia. De alguna manera, uno de mis hermanos se enteró y se armó un bardo terrible con un compañero del colegio. Creo que, a pesar del paso del tiempo, hubiera dejado el puto sin el punto final. Si total, ya lo era. No quería reconocerlo.
Cuando terminé la secundaria y empecé la facultad, tuve un bajón anímico muy grande. Mis viejos habían perdido su trabajo y yo estaba entre laburos. Era bastante depresivo todo. Mi sexualidad no se definía con putas y me pagué un taxi boy. Estudiaba para contador y no me gustaba. Un día quise ahogarme con una almohada. Un juego infantil. A la mañana siguiente, mi vieja me despertó con el suicidio de Favaloro. Era una señal, no me mato más.
En mi primer brote psicótico hubo deseos de morirme. La cabeza funcionaba a mil voltios en soledad. Estaba con una paranoia enorme por efectos de la abstinencia al alcohol y no me podía dormir hacía días. Hice lo imposible. Me llevaron al psiquiatra, me dieron unos ansiolíticos y me mandaron a dormir. Estuve delirando por un buen rato. Los aparatos se detenían con mi mirada. La compu se tildó. Empecé a tener la sensación de un pedido de saltos. Tenía el balcón a mano y me pedían que salte, que salte. Ninguna malvada voz interior. En un llamado a mis viejos les pedí que me ayuden con mis pensamientos y me llevaron al sanatorio Mitre. Me inyectaron un calmante del cual me despedacé a llantos con el pinchazo. La droga no me durmió del todo mientras me llevaban en el auto. Viví tres meses en el cuarto de mi hermana hasta que se armó bardo con mi viejo y me mudé. El balcón empezó a tener una red, por si las moscas.
Hoy el suicidio para mí es parte de mi trabajo. Vivo de un medio de transporte donde la gente se mata sin gastar un peso. Salta a las vías y chau picho, no hay vuelta atrás. Hubo días que tuve en menos de una hora, dos muertos. Vi videos de tipos dándole su último baile dedicado a la muerte. A veces trato de pensar en lo que pudo haberle pasado al otro para tomar semejante decisión. Soy tan fashionable que no me imagino en pedazos de carne cauterizada entre la mugre y los hierros debajo de una formación.
Hoy pensé en quitarme la vida. Por boludeces domésticas, si me las pongo a pensar. Me salvó que tengo la tarjeta de crédito con gastos de por lo menos año y medio por delante. Consuelos. Para cuando termine de pagarlas, supongo que tendré otros problemas por resolver. La existencia, a veces, te juega otras pasadas. En otros escenarios. El suicidio no es un tubo de ensayo.

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