viernes, 9 de febrero de 2018

Quedarse en telarañas.

Con miedo
se pueden quedar
las borracheras.
En los silencios
nos perdimos
entre la desesperación
de un sonido disfónico
que nos recorre
y devino
desde las venas.

Until The End of The World by Patti Smith.

miércoles, 31 de enero de 2018

Girl Loves Me by David Bowie

36

"En 1985 se había sumado mi problema alcohólico la adicción a las drogas, pero seguí funcionando con relativa normalidad, como muchos consumidores de estupefacientes. La idea de no hacerlo me provocaba pavor. Se me había olvidado por completo cómo vivir de otra manera. Me desvivía por esconder las sustancias que tomaba, tanto por miedo (¿Qué me ocurría sin droga? Le había perdido el tranquilo a la vida normal) como por vergüenza. Volvía a limpiarme el culo con ortigas, y esta vez a diario, pero no podía pedir ayuda. En mi familia no se hacía así. En mi familia se fumaba, se bailaba pisando gelatina y cada cual se guardaba sus cosas. 
Aún así, la parte de mí que escribe novelas y cuentos, la parte profunda que en 1975 (año que escribí El Resplandor) ya sabía que era alcohólico, no estaba dispuesto a aceptarlo. Como no entiende de silencios, empezó a gritar pidiendo ayuda de la única manera que sabía: a través de mis relatos y de mis monstruos. A finales de 1985 y principios de 1986 escribí Misery (título que describe perfectamente mi estado de ánimo), la historia de un escritor que cae prisionero de una enfermera psicópata y es torturado por ella. En primavera y verano de 1986 escribí Tommyknokers en sesiones que solían prolongarse hasta la medianoche, con el corazón a ciento treinta pulsaciones por minuto y las orejas tapadas con algodón para cortar la hemorragia debida al consumo de coca. 
Tommyknokers es un relato de ciencia ficción a los años cuarenta donde la protagonista, que es escritora, descubre una nave alienígena enterrada en el suelo. La tripulación sigue dentro, pero no muerta, sino en hibernación. Se trata de unos extraterrestres que se meten en la cabeza y hacen trastadas. El resultado es energía y una inteligencia de índole superficial (la escritora, Bobbi Anderson, inventa entre otras cosas una máquina de escribir telepática y un calentador de agua atómico), pero se paga con el alma. Fue la mejor metáfora de las drogas y el alcohol que se le ocurrió a mi cerebro, cansado y sometido a un estrés brutal. 
Poco tiempo después, mi mujer llegó a la conclusión de que no saldría solo de aquella espiral descendente e intervino. Dudo que fuera fácil, porque ya ya estaba muy lejos de cualquier sensatez, pero lo consiguió.
Montó un grupo de intervención formado por parientes y amigos, y fui obsequiado con una especie de Ésta es su vida en el infierno. El primer paso que dio Tabbi fue vaciar en la alfombra una bolsa de basura llena de cosas de mi despacho: latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, más cocaína en bolsitas, cucharitas para coca manchadas de mocos y sangre seca, Valium, Xanax, frascos de jarabe Robitussin para la tos y de Nyquil anticatarro, y hasta botellas de elixir bucal. Aproximadamente un año antes, al observar la rapidez con que desaparecían del lavabo auténticos botellones de Listerine, me preguntó Tabby si me lo bebía. Mi respuesta, imbuida de altivez y superioridad, fue que cómo iba a bebérmelo. Y era verdad. Prefería beberme el Scope, que era más agradable porque sabía un poco a menta.
El sentido de la intervención, de la cual puedo asegurar que fue igual de desagradable para mi mujer e hijos que para mí, es que yo me estaba matando delante de sus narices. Dijo Tabby que tenía dos alternativas: o hacer un tratamiento de rehabilitación o marcharme enseguida de casa. Dijo que me querían los tres, ella y los niños, y que por eso no querían presenciar mi suicidio.
Yo regateé, que es lo que hacen los adictos. Estuve encantador, como todos los adictos, y conseguí dos semanas para pensármelo. Ahora, visto en perspectiva, se me antoja el resumen de toda la locura de aquella época. Hay alguien en el tejado de un edificio en llamas. Llega un helicóptero, se coloca encima, suelta una escalerilla de cuerda y grita alguien desde la cabina <<¡Suba!>>. Contesta el del edificio: <<Déjeme dos semanas para pensarlo>>.
La verdad, sin embargo, es que pensé (al menos hasta donde me lo permitía mi estado), y acabó por decidirme Annie Wilkes, la enfermera de Misery. Annie personificaba la coca y la bebida, y decidí que estaba cansado de ser un escritor mascota. Temí no poder seguir trabajando sin alcohol ni droga, pero decidí (repito, hasta donde me lo permitía mi estado de confusión y desánimo) darlo todo a cambio de seguir cansado y ver crecer a los niños. Si de veras había que escoger.
Que no fue el caso, evidentemente. La idea que la creación y las sustancias psicotrópicas vayan de la mano es uno de los grandes mitos de nuestra época, tanto a nivel intelectual como de cultura popular. Los cuatro escritores del siglo veinte cuya obra ha tenido mayor responsabilidad en ello deben de ser Hemingway, Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson y el poeta Dylan Thomas. Son los que han formado nuestra visión de un yermo existencial en lengua inglesa donde la gente ya no se comunica y vive en un ambiente de asfixia y desesperación emocionales. Ninguno de esos conceptos le es desconocido a la mayoría de los alcohólicos, pero la reacción habitual es encontrarlo gracioso. Los escritores que se enganchan a determinadas sustancias no se diferencian en nada de los demás adictos; son necesarios para atenuar un exceso de sensibilidad no pasan de ser una típica chorrada para justificarse. He oído el mismo argumento en boca de operadores de quitanieves: que beben para calmar a los demonios. Da lo mismo ser James Jones, John Cheever o un simple borracho de banco de estación; para un adicto, el derecho al alcohol o la droga elegida debe protegerse a toda costa. Hemingway y Fitzgerald no bebían porque fuesen personas creativas, alienadas o débiles moralmente, sino por la misma razón que todos los alcohólicos. No digo que la gente creativa no corra mayor riesgo de enganchars que otros trabajos, pero ¿y qué? A la hora de vomitar en la cuneta, nos parecemos todos bastante".

(Stephen King, Mientras escribo, 2000)









domingo, 7 de enero de 2018

sábado, 23 de diciembre de 2017

Something (Tribeca Mix)

Todo eso que
uno hace
para que
se escuche
en casa.

Good Lovin'

 by RPA & The United Nations Of Sound

PD: Cuando dejamos las ventanas...

martes, 19 de diciembre de 2017

Relato donde toda la gente muere

"Al principio, la gente solía detenerse brevemente en la calle, con un sentimiento ingenuo, mezcla de admiración y envidia, para observar las antenas que comenzaban a aparecer sobre los techos. Estaban formadas por unas simple varilla vertical cortada en el extremo por una horizontal más corta.
Quedaba bien, sustituyendo las antiguas veletas que marcaban el camino del viento, los gallos girando sobre los pivotes; incluso sustituyeron a los gatos o perros de terracota en las casas de los suburbios.  Al ver a los gatos o a los perros, los niños pequeños preguntaban : "¿Son de verdad?", y los tocaban con una suerte de repetida alegría.
Algunos vecinos admiraban sonrientes la aparición de las antenas en las casas cercanas, otros censuraban  el gasto, pero todo se prometían  la emulación  con una determinación feliz. Y era un día de callado regocijo en los adultos, de vocingloreo en los niños (que habían olvidado gatos y perros de terracota), cuando por fin  apareció un técnico, pedía una escalera y la antena quedaba colocada en el punto más alto, triunfalmente, como una marca de una montaña vencida.
Las antenas recogían algo del aire (así imaginaba la gente) y lo transmitían  hacia el interior de las casas. Pero, por supuesto, no recogían polvo ni gotas  de lluvia sino personas en un estado que podría llamarse de gracia o ideal. Sí, las antenas cosechaban personas del aire y las llevaban  bajo los techos, ubicándolas en sitios convenientes, no en el pasillo o en la puerta de calle sino en el comedor o en el dormitorio; irrumpían desde la pantalla de un brillante aparato y resultaba imposible rechazarlas, no prestarles atención. Siempre contaba historias intrigantes o divertidas, y cuando se dirigían directamente a quien los observaba, por lo general un señor anónimo, de poco fuste hasta el momento, requerían complicidad con la sonrisa en los labios.
De este modo, la gente dejó de estar sola dentro de las casas, donde había vivido peleándose, haciendo el amor, comiendo, sintiéndose molesta incluso cuando algún vecino venía a pedir un favor a la hora de la comida o del sueño y no se marchaba rápidamente. Pero con el aparato creció la tolerancia, no fue necesario importunar a su vez, salir, hablarse, darse cuenta, justo en el momento de la comprensión, de que los otros resultaban extraños. Así, antes un hombre arrojaba una piedra al azar, y la piedra caía siempre en el ojo de alguno, pero ahora podía arrojar todas las piedras que quisiese con absoluta tranquilidad: nadie recibiría el impacto, esto si se le hubiera ocurrido lanzar piedras en lugar de tener las manos mansamente plegadas sobre el regazo. La gente se reunía en las habitaciones y observaba; sentía a los suyos cercanos y el corazón conocía por fin  el sosiego  de saberse excluido de las desdichas del mundo, despojado incluso de las propias desdichas. El aparato aportaba a ese centro, a ese nudo cerrado de seres, la vida como debía ser, desalojaba la nostalgia. Inmóviles-salvo el ávido parpadeo sobre las pupilas, el temblor de los oídos recogiendo sonidos-, los niños jugaban a vigilantes y ladrones, las parejas al amor, los pobres a los ricos y los ricos al desencuentro.
Todos se sentían mucho más felices que antes, a excepción  de los que trabajaban  para que los otros recibieran imágenes e historias en sus casas; esos experimentaban una decepción palpable. No bastaba actuar, se hallaban demasiado conscientes  porque debían cambiarse de ropa, maquillarse, recordar la letra, los gestos. Solo esporádicamente podían sentarse a su turno y desdoblarse (no importaba si en los mismos que habían sido), sustituirse, olvidarse. En cierta forma se sentían estafados por ellos representaban a los magos y quedaban fuera de la magia. Sin embargo, contra toda lógica pero con entera certidumbre, esperaban un aparato autónomo donde ya no serían necesarios porque repetiría eternamente los episodios de todo lo que forma la vida después del nacimiento, es decir, el canto, la pena, la muerte del primer hijo y el nacimiento del primer hijo...; una vida increíblemente rica y completa, sin que contara para nada del mismo y penoso del tiempo exterior que conduce a la muerte. No,  el tiempo solo correría allí, dentro del aparato, libre de las cronologías como en la poesía más pura.
Largas y complicadas antenas dibujaron  redes de pescadores sobre los techos, tocándose, entremezclándose sin dejar filtrar el sol, apenas la lluvia. La gente concluyó por alegrarse de que afuera reinara también una penumbra descansada. Comprendía que llovía, por encima de las antenas, debido a cierta atmósfera húmeda que invadía los cuartos, por los resfríos más frecuentes que se curaban solos, como si ni siquiera la enfermedad pudiera hacer presa de nadie. Debajo de los asientos creció un poco de musgo, suave al tacto como un terciopelo, y luego cayo inadvertidas zonas opacas en la madera. Desapareció el musgo y no fue sustituido por nada porque incluso la lluvia dejó de caer. Todo tiene un sentido o aparenta tenerlo, ¿y para quién la lluvia o para quién? El hambre se transformó lentamente en una felicidad  o una pesadilla de otros tiempos. Los campos se reencontraron en un sabor áspero y salvaje que pertenecía, más que ningún otro, a la tierra.
Los hombres y las mujeres seguían inmóviles. El cuerpo no es más fuerte que el alma, el alma estaba sentada, absorta y el cuerpo no hacía más que acceder a todo, como siempre. Las mujeres comprendieron  que eran mejores  de lo que ellas  habían supuesto, porque dejaron de preocuparse por minucias, de comentar la vida de los otros e incluso alegrarse discretamente por las desgracias ajenas como solían hacer mientras se compadecían. Y los hombres,  de intereses más amplios y ambiciosos, renunciaron  a ellos apáticamente, concentrados  tan solo en la vida contada.

Los niños se movían  a veces mientras las madres los chistaban sin volver el rostro. Se agitaban al compás de la música:"¡Ooooh!, ¡oaaay! ¡aaaaoyh!", demasiado inquietos aún, con la energía de la infancia, provocando en el ánimo de los padres uno de los últimos sentimientos, el fastidio por ese movimiento  que los distraía. Algunos, los que tenían a los niños sentados a sus pies, se inclinaban, sin desviar el rostro del aparato, y les tanteaban los cabellos, que se habían vuelto largos y frágiles, con la mano ya sin forma procuraban sujetarlos por los hombros. Luego, por algún motivo, los niños se fueron quedando quietos, cada vez más quietos en la semioscuridad, mientras los padres se concentraban  en los huéspedes hasta olvidarlos. Hubo excepciones: algunos quisieron preguntar como antes: "¿comiste?", "¿tomaste la leche?" pero temieron la respuesta y callaron. Los niños podían decir: "no", o "quiero la leche", con esa cansadora cantinela que les fue propia en un tiempo, recordada súbitamente. No quería enfrentar ninguna penosa disyuntiva, por eso, aún los padres mejores o más desaprendidos con los huéspedes, se contuvieron y callaron, sorprendidos y felices por ese estado de paz absoluta  que reinaba en la habitación. Sin levantarse, se inclinaron y trataron de tantear nuevamente para saber si los niños seguían allí, pero las manos servían de poco y el gesto, realizado como en sueños, ciego, no les aclaró nada. Los niños desaparecieron o crecieron, imposible conocer lo sucedido porque en ese momento una  de las personas sonreía a todos y decía:

"Usted, querido, que nos está mirando...".


(Griselda Gambaro, El desatino, 1964)

Bachelorette by Björk

domingo, 10 de diciembre de 2017

Cada vez que los escuche como un llamado

Son canciones que tienen un recorrido. Hay un montón de sonidos que lo tienen y sin embargo me las reservo en la intimidad. Hace unos años me fui de viaje y fui encontrando otras cosas que me pasaban en mi vida. Cuando estoy solo y empiezan a remixarse con audios que me traen a la memoria. BeachBall de REM es una canción maravillosa pero a mí me trae situaciones de quiebre. Caminar en un pueblo fuera de las temporadas. Con cierto optimismo. Como me puede pasar con Luscious Jackson con Fever In Fever Out. Lo que sigue en un poco más de media hora.
Cuando empezás algo de nuevo, aunque no parezca, que no se note para levantar sospechas. Estos años empecé a ver que no se necesito de mi propia opinión para tener resultados, buenos, malos,   regulares y pobres. Parte de esta historia también lo decide otro. Aunque se queden pendientes. Encontré otras voces fuera de mi cabeza ante los inminentes finales. Vivo cada vez más afuera de mi propia casa. Un lugar dramatúrgico que se escribe en nuestra vida. Otras posturas ante el pesimismo. Una ironía afectada, como un siempre adjetivo.
Dejé en parte lo autorreferencial, porque no tiene mucho sustento. Cuánto has sufrido para contarlo se vuelve innecesario. Hay obras de teatro que se me pegaron como la canción de Marolio y con el paso del tiempo tienen otra independencia. Con sus ciclos vitales, con un aire que las sostienen solas, no necesitan del marketing. Uno puede separarse de ahí sin tanta parafernalia. Una repetición que nos acompaña como cada función a la que le pusimos agallas.
Por eso cada vez que una canción aparece como una sorpresa me dejo llevar por esos sentimientos, que me siguen por esos tiempos. La gracia, lágrimas silenciosas en el lecho.
Esas guitarras acústicas que todavía me suenan entre el ruido.

(Nice Dream) by Radiohead.